Narrativas: de los metarrelatos al postarte

Por Félix Suazo

El auge de la filosofía del lenguaje a mediados del siglo pasado impactó todos los ámbitos de la cultura humanística, especialmente el pensamiento teórico y las artes. Las nociones de discurso, relato y narrativa forman parte de ese giro lingüístico en cuyo entorno la cultura se percibe como texto. Dicho enfoque, también ha incidido en la conceptualización, apreciación y valoración de las artes visuales, aún frente a la renuencia programática del arte-purismo y su rechazo de lo anecdótico. Básicamente, los asuntos discursivos, el relato y la narración desplazaron el antiguo protagonismo de la estética "retiniana". Desde entonces, gran parte de las cuestiones artísticas se ventilan en el ámbito verbal y no en el plano estrictamente sensible.
Primero fueron las "traducciones" que fijaban homologías entre lo visual y lo verbal como si se tratara de gramáticas equivalentes. Después fueron las anécdotas sobre las rutinas y extravagancias de los artistas en tanto que subproducto complementario de las obras. Más adelante fueron los manifiestos, declaraciones y programas fundacionales que fijaban los propósitos de los artistas. Le siguieron las argumentaciones tautológicas que identificaban la obra con su concepto. Finalmente, irrumpieron las historias de reafirmación personal y los relatos autobiográficos como fundamentos creativos. Total, poco a poco el significado de las obras ha sido transferido a las narrativas que las sustentan y envuelven como estuches listos para su consumo.

Statement, textos curatoriales, ensayos analíticos conforman un horizonte anecdótico que ofrece detalles (antes superfluos) sobre las peripecias vitales del autor, su identidad de género, su origen étnico, su entorno social, su estatus migratorio, así como cualquier otra circunstancia o condición física, mental o profesional que coloque su trabajo en un horizonte dramático. Por supuesto, cada relato supone una historia singular. Hay narrativas que exploran con mayor intensidad la experiencia íntima, mientras otras colocan el énfasis en las condicionantes exógenas.

Ciertamente, el giro narrativo ha conseguido motivar al público, sediento de historias que conmocionen, casi como en las telenovelas y los noticiarios. Que Jean-Michel Basquiat sea el alter ego proletario de Andy Warhol, que la muerte de Ana Mendieta haya despertado controversias, que Yayoi Kusama pinte desde el hospital, que Joseph Beuys haya sido derribado en Crimea durante la guerra, que Marisol Escobar fuera de temperamento retraido o que Damien Hirst impulse su presencia pública con métodos presuntamente no ortoxos, les confiere un aura novelesca a estas personalidades artísticas.

  

  

El asunto no es nada frívolo si consideramos que ya el crítico de arte y filósofo estadounidense Arthur C. Danto, enmarcado dentro de la "teoría institucional del arte" y la tesis sobre "el fin de la historia del arte",  había advertido sobre el rol de las narrativas en la construcción de la historia, no sólo como una secuencia de eventos sino como la incorporación de la perspectiva personal. Según sostuvo en su libro “Narración y conocimiento” (1985): "Una narración describe y explica a la vez". A ello añadía que "...no se puede dar una descripción completa de ningún acontecimiento que no haga uso de las narraciones". 

Es decir, ya no sólo se trata de profundizar en análisis y conceptos sino de conocer las pequeñas narraciones que merodean las prácticas y comportamientos artísticos. Pueden ser historias del vecindario, reseñas de viajes, memorias de experimentos, encuentros inesperados, relatos familiares y en general eventos puntuales, algunos en apariencia minúsculos, donde la obra funciona como reseña, desenlace o moraleja de esos avatares o peripecias.

La postmodernidad y sus secuelas metamodernas confrontaron duramente los parámetros impuestos por las "narrativas maestras" y los "relatos unitarios". Fue así que la perspectiva nihilista reemplazó el modelo sistemático, permitiendo la entrada a escena de voces y subjetividades hasta entonces silenciadas. Paradójicamente, después del "fin de la historia", todo es historia; después de los "grandes metarelatos", todo es relato; y pareciera también que "después del fin del arte", todo es arte. Los microrrelatos y las narrativas no centralizadas son las nuevos garantes de la existencia y legitimidad del “postarte”. De ahí la importancia que tiene el soporte narrativo (descriptivo y explicativo a la vez según Danto) en la construcción del significado en las artes visuales contemporáneas. 

El problema antes era que solo había un relato dominante; el problema actual es que "ningún relato organiza la diversidad", tal como argumentó Néstor García Canclini en su libro "La Sociedad sin relato" (2010). Según el autor: "Al hablar de este arte diseminado en una globalización que no logra articularse, no podemos pensar ya en una historia con una orientación, ni un estado de transición de la sociedad en el que se duda entre modelos de desarrollo". Ahora todos somos "autores" de historias superpuestas y lo que escuchamos es el murmullo intenso del enjambre.